Convocatoria de artículos

La función de la función

¿Cuáles son los motivos del desprestigio del funcionalismo en la arquitectura? ¿Qué mutaciones ha sufrido el término 'función'? ¿Qué sentido ha ido adquiriendo desde la modernidad hasta la actualidad? ¿Cuál ha sido la función de la función? ¿Por qué hoy decimos 'uso' o 'actividad' y no 'función'? ¿Qué ha pasado con la arquitectura funcionalista? ¿Cuál es la estética de la función? ¿Y la ética de la función?

El funcionalismo en arquitectura obedece a un largo proceso histórico de formación de una ideología que tiene orígenes clásicos en la filosofía griega. Desde su enunciación original hasta que el término función se convirtió en sinónimo de uso o actividad, su significado fue extraordinariamente variable y debatido con una cierta continuidad, hasta quedar más o menos configurado en los discursos de la arquitectura moderna alrededor de 1926, con la publicación de su más precisa formulación hasta la fecha de manos de Adolf Behne en su libro de 1923 Der moderne Zweckbau. Desde entonces ha seguido siendo objeto de revisiones críticas, pero no de nuevas formulaciones, hasta el punto de tener el dudoso privilegio de ser uno de los términos característicos de la arquitectura moderna más desprestigiados en el vocabulario contemporáneo.

En la actualidad, pocos términos tan característicos de la arquitectura están tan en desprestigio como el término función. Este número de HipoTesis Serie Numerada pretende analizar los motivos de tal desprestigio, así como estudiar y exponer las mutaciones que el término ha ido experimentando en los debates a lo largo de la modernidad hasta la actualidad.

El término función, como sinónimo del uso social que los usuarios hacen de los edificios, es relativamente reciente. Se corresponde con las primeras críticas a la industrialización, efectuadas en la segunda mitad del siglo XIX, y con las propuestas de reforma social realizadas desde el ámbito de la arquitectura, en la creencia de que la arquitectura podría intervenir en la mejora de las condiciones de vida de las personas tanto a nivel físico y objetivo, como a nivel psicológico y subjetivo. Entre ambos planos mediaba una ética que estaría encarnada en la función del edificio, cuya forma debía poder leerse claramente como la expresión de tal función. Es decir, que se deslizó el plano ético-social en la arquitectura, quedando incorporado a su función hasta el punto de encarnarla por encima de cualquier otra consideración. Hasta entonces, la función en arquitectura carecía por completo de ese plano ético, y era medida en otros términos, principalmente en términos estéticos o en términos técnico-materiales.

La identificación entre funcionalismo y determinismo apareció, de modo cada vez más sistemático, a partir de las críticas vertidas contra la arquitectura moderna tras la Segunda Guerra  Mundial, y continuó hasta finales del siglo XX e incluso la actualidad. Uno de los fenómenos más significativos de una posible continuidad soterrada del funcionalismo en sus críticos es la emergencia del término environment, que procede de la biología, pero que muy pronto saltó a las ciencias sociales. Su uso en la arquitectura es difícil de seguir a lo largo de la historia de la modernidad, pero su preponderancia en gran parte de los discursos contemporáneos desde la década de 1950 es incuestionable, y coincide históricamente con la crítica contra el funcionalismo. La puesta en relación de la arquitectura con el environment implica una analogía biológica funcional muy similar a la que manejó la arquitectura moderna para referirse al medio social y político, pero el gran cambio fue que esa relación ya no era de tipo evolutivo, como planteaba la ciencia moderna. Con este desplazamiento de términos se operaba un cambio profundo en esa relación, que ahora establece al menos tres posturas posibles más allá del determinismo: la adaptativa, la resiliente y la resistente. En esta nueva terminología no parece haber lugar para el término función, que habría sido desplazado por el nuevo término de performance.

Al dar a la arquitectura una cualidad performativa se la vitaliza, se le confiere un cierto vitalismo, una capacidad de agencia, de respuesta y de enunciación. Este desplazamiento fue ya anunciado por Adolf Behne, que estructuró su libro en tres capítulos: de la fachada al edificio; del edificio al espacio conformado; y del espacio conformado a la realidad configurada. Al hacerlo, Behne aumentaba considerablemente el espectro de la capacidad de respuesta de la arquitectura en sus relaciones con el entorno y con ello, la capacidad de agencia y performatividad de la arquitectura.

Con las nuevas terminologías contemporáneas vinculadas a la performatividad aparecen tres nuevas ecuaciones que guardan cierta relación con el sistema terminológico moderno, que son las que queremos investigar aquí en su posible relación con la idea moderna de función manejada por Behne:

Si el environment es entendido como el entorno biológico, vivo y energético de la arquitectura por encima de cualquier otra acepción, su performatividad se medirá en términos de adaptabilidad y de compromiso directo y material en el empleo de recursos, así como en sus efectos sobre tal environment.

Si el environment se entiende como un entorno de producción material, física y técnica, una arquitectura performativa será aquella que racionaliza sus procesos y sus elementos al máximo.

Si el environment se entiende como un entorno cultural, político y económico, es decir como un régimen ideológico, la arquitectura responderá en términos similares, haciendo uso extensivo de sus capacidades formales, simbólicas y expresivas, como performance biopolítica.